Un territorio en el que arte como mimetismo de un mundo aparente real y religión como idealización de lo desconocido

JACOB Y EL ÁNGEL

El libro del Génesis 32:22-30 narra la historia de Jacob que abandona su ciudad y emprende un éxodo con toda su familia. Al atravesar un vado del río en Peniel, se le enfrenta un varón misterioso con el que lucha toda la noche hasta el alba. Al no poder vencerle, este le hiere en el fémur y le bendice cambiando su nombre a Israel. Jacob declaró; “…fue librada mi alma pues vi a Dios cara a cara.”

Jacob entiende que ha peleado cara a cara con su verdad, con su Dios, que está formado de sus debilidades, fortalezas, aspiraciones, fracasos y pecados. Un Dios innombrable que en el texto se llama varón, en la tradición ángel y que al ser interpelado por Jacob no se define. La lucha le marca con una lesión de por vida y también le otorga un nombre que es fundacional y premonitorio. Nadie puede salir indemne de situación semejante ni hacerlo sin asumir su futuro, pues las experiencias iniciáticas transcurren en la lucha y el dolor y siempre concluyen con el otorgamiento de un nuevo nombre bautismal reflejo de un renacimiento espiritual.

La recompensa de tal esfuerzo está en sortear el vado y alcanzar el otro lado, y el ángel es por tanto un mediador investido de la potestad bautismal que ejecuta mediante el rito sacrifical de la herida que le inflinge. Todo ello en un espacio, el vado, y en un tiempo, al rallar el alba, epifánicos. El contexto simboliza un límite, aquel en que reina la aporía moral junto a la polisemia poética.

Este es, creo yo, el ritual que constituye el origen ontológico de la manifestación artística. Manifestaciones con el fuego del interior de la tierra y el sol, con el agua y el cuerpo como contenedor acuoso que darán paso a los inicios de la civilización desde lo femenino.

EL CAOS DE LOS ORÍGENES ANTROPOLÓGICOS SOCIALES:

Con las revoluciones burguesas de 1848 llegó a Europa un cambio de actitud ideológica y cultural que se refleja en la madurez de los nuevos planteamientos postulados por la biología, la sociología y la antropología. Surgen así una nueva “Historia Natural de la Sociedad” y una “Historia Natural de los Idearios Religiosos” que interpretan la evolución cultural de los orígenes primitivos de la civilización y las fuentes clásicas. Un intelectual suizo, Johan Jakob Bachofen, intentando reconstruir los orígenes de la primera forma social humana, postula la existencia de un periodo inicial de “promiscuidad sexual” caótico, carente de formas de comportamiento social en el sentido que entendemos por normas civilizadas, en que sólo prevalece el hecho físico de la maternidad, impuesto por la realidad consumada del parto.

De ser correcta esa hipótesis, prosigue, la mujeres debieron tener que superar periodos de sometimiento al capricho de la lujuria y la tiranía sexual de los hombres, cosa que lograron posiblemente a base de una serie de ritualizaciones que fueron adquiriendo un signo religioso. El lazo material entre madre e hijo, que extrapola fácilmente el carácter de la divinidad absoluta primigenia, la Tierra-Madre, con su connotación de fecundidad, sirve de anclaje para configurar un universo mágico femenino gobernado por la luna, la tierra y el cielo.

A partir de ahí es fácil desarrollar una sociología de la familia en torno al vinculo del matrimonio, que abre un periodo de auge de lo femenino contra el que el hombre tarda en imponer una alteración radical al incluir un nuevo concepto más abstracto y por tanto reflejo de una larga maduración, mediante la primacía de la paternidad encarnada en el Espíritu (Santo). Cuando Bachofen elucubra todo esto, en Europa ya ha surgido de nuevo un tirón del feminismo que condiciona una realidad social en la época Victoriana.

Cronológicamente se puede establecer entonces un marco evolutivo definido por las siguientes épocas:

  1. SALVAJISMO-SOCIEDAD PRECLAN. Paleolítico Inferior.
  2. BARBARIE-SOCIEDAD CLAN. Edad de Piedra.
  3. CIVILIZACIÓN-SOCIEDAD DE CLASE. Paleolítico Superior, Mesolítico.

En un intento por averiguar el modo en que las potencias de la divinidad del más allá fueron evocadas por medio de la plástica, nos encontramos con formas primitivas de figuras de culto que comportan un elemento de extrañamiento, con un marcado signo inquietante que transmite sensación de peligro y desconcierto, que actúa justamente como marca de su autoridad, y es base de su capacidad expresiva.

Con ello se logra transmitir la sensación de que se trata de una obra fabricada por los dioses, surgida de forma inexplicable, caída del cielo, arrastrada por las olas, un medio que otorga a la figura el sentido de ser un ídolo con poder sagrado: TOSQUEDAD + INEXPRESIVIDAD + OSCURIDAD + EXTRAÑEZA equivalen a FACTURA y ORIGEN PRODIGIOSOS.

Se concluye así, que la eficacia religiosa de un ídolo divino está en relación inversamente proporcional a su parecido con un cuerpo humano real. Estamos por tanto inmersos en un territorio en el que arte como mimetismo de un mundo aparente real y religión como idealización de lo desconocido, constituyen territorios diferentes e incluso excluyentes. En la medida en que el arte persiga la alegoría divina se alejará de lo real, pero la ausencia de otros modelos más allá de los aportados por la naturaleza, al no existir experiencia directa de lo divino, le harán mantener una relación irrompible con el mundo de lo humano, jugando con ritualizaciones antinaturales para remitir en su mensaje al ámbito de lo telúrico.