Las estructuras realizadas en madera se asemejan a objetos (una escalera, una bolsa, una casa, etc.) pero son, al fin y al cabo, el reflejo de lo que podrían ser

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Tania Pardo, Primavera 2005.

Clara Carvajal detiene su mirada en el hecho artístico del proceso. La inquietud que se esconde tras sus esculturas revela precisamente el acto de lo cotidiano. Sus esculturas remarcan una y otra vez el hecho volumétrico y la madera va surgiendo de una especie de abstracción que más recuerda a las esculturas objetuales de Tony Cragg que a la insistente persecución del objeto.

Con todo esto, la artista nos habla de pequeños instantes, de narraciones interrumpidas que normalmente suelen estar contextualizadas bajo una historia protagonizada por un tal Pedro. Este Pedro es quien, en realidad, manipula estos objetos y nos aproxima –mediante los textos escritos por la artista- al mundo personal de Clara Carvajal para quien la escultura no deja de ser un acto procesual detenido en un momento concreto de cotidianidad.

Momentos congelados en movimiento, formas intermedias, configuraciones rotundas que a la vez muestran la fragilidad de la propia existencia. Como si de instantes congelados se tratara, estas piezas han perdido el carácter monumental y trascienden así la objetualidad y la literalidad a través de relaciones complejas y sutiles que le dan una nueva presencia y un nuevo carácter estético.

Ya Rosalind Krauss nos habló de su “campo expandido” y dio las coordenadas de la práctica escultórica de los años 60 y 70, definiéndola como aquello que “estando en la arquitectura no era arquitectura” y/o “aquello que estando en el paisaje no era paisaje”, tras esto, la escultura no sólo se ha basado en un proceso de exteriorización sino que, desde los años 80, ha tomado nuevos derroteros incidiendo en nuevas prácticas sociales y comunicativas, lo que presupone que también puede ser construida como un campo de exploración en el que detenerse sin ir más allá del hecho cotidiano. Es decir, deteniéndose en un proceso de interiorización en el que esta artista nos muestra su personal “campo expandido” al congelar su mirada en todo aquello que le rodea.

Las estructuras realizadas en madera se asemejan a objetos (una escalera, una bolsa, una casa, etc.) pero son, al fin y al cabo, el reflejo de lo que podrían ser, porque Clara Carvajal se detiene precisamente en el otro para observarse a sí misma ofreciendo conjunciones de ensamblados donde la huella de lo cotidiano se percibe más allá del espacio y la volumetría. Y es, precisamente, en esa relación que ella establece con el espacio donde surgen sus esculturas para trasladarnos a un mundo aparentemente reconocible.